Pese a la inexperiencia que poseo podría llegar a jurar que no se puede obviar ni un ápice de sentimiento. Negar su existencia no hará que las mil hormigas diminutas de tu ombigo no se movilicen cada vez que pienses en su culo.
El puto problema viene cuando estos sentimientos, estos bichos que solo cuatro enamorados llaman mariposas, se convierten en una pesadilla de la que es imposible despertar. Navegas en mares llenos de dudas y olas cuyos nombres son desconfianza y temor. Y todos estos tormentos acaban haciendo que tu cabeza se menosprecie a sí misma. Créeme, sé de lo que hablo.
Llega un punto en el que estás tan abajo del pozo, tantas hormigas y mariposas te han aplastado, que ya no ves la salida. Y decides olvidar que sigues sintiendo dolor cada vez que ves su foto de carnet en tu cartera o todos los billetes que gastasteis en el metro de Madrid.
Es lo que todos los adolescentes llamamos comunmente "el vacío". Un dolor que puede llegar a ser físico, en el pecho, en lo más hondo. Es esa sensación de creer que falta algo y no saber que es, esa sensación de creer que absolutamente todo va mal por culpa de uno mismo. No sé si me consuela o me entristece que la gran mayoria de las personas lo sientan. Que tengan esa especie de fuerza negra, un Voldemort interior deseando que nos quedemos en casa retorcieédonos y sufriendo por todo lo que hemos hecho mal. Dejar de vivir para empezar a sobrevivir un día a día que cada vez es más largo.
Un sabio dijo una vez: "el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional". Sé que es cien por cien cierto, pero que alguien me explique cómo cojones evitar el sufrimiento, porque yo aún no he encontrado la manera de tapar ese vacío, dejar que la mente sea libre y vivir.
Porque la única manera que encuentro ahora es huir.
Porque sigo creyendo que mi mundo se derrumba cada vez que uno de mis pilares se quiebra.
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