Y con una mirada y un adiós empezó la primera fase, la fase oscura. Cuando
yo te hablaba cada día y tú me contestabas cada dos. Cuando todo era negro,
vacío y frío, y la única salida posible, el dramatismo. Cuando las noches eran
largas y las lágrimas interminables. Creía vivir en un mundo injusto y cruel,
que me impedía tener aquello que quería por algo tan sencillo como la puta
distancia. Todo el mundo tenía la culpa, cualquiera menos tú y yo. Tú. Tú y tu
pelo rizado, tú y tus ojos marrones, tú y tu barba de tres días. Tu cuerpo, tu
mente, tu voz, me convencí de que eras perfecto. Y lo eras, a tu manera,
perfecto solo para mí, y lo fuiste durante unos días bajo el cielo de Mallorca
en una pequeña habitación de hotel con vistas al mar, lo fuiste, perfecto a tu
manera y solo para mí. Me convencí de que me querías. Al fin y al cabo, me
dijiste cosas bonitas entre las sábanas en una noche clara de luna llena. Al
fin y al cabo, las veces que yo te dije no, tú paraste. Al fin y al cabo, dormí
contigo esa noche y tú no hiciste más que abrazarme y limpiarme las lágrimas.
En mi mente vulnerable, crédula e ingenua, eso no podía significar más que
amor.
Y con un frío mensaje y una tarde de positiva inspiración llegó la segunda
fase, la fase de aceptación y negación a la vez. Cuando yo te hablaba cada día
y tú me contestabas cada tres. Acepté la situación y su realidad, negué mi
dolor. Me negué a aceptarlo. Me negué a sentir. “Te han hecho daño, ¿y qué?” me
decía a mi misma. “A todos nos hacen daño. Deja de dramatizar”. Acepté que no
me querías. Ni siquiera te gustaba. Me dije a mi misma que ni siquiera la
palabra amistad habías sido capaz de decirla sinceramente.
Yo te lo había dado todo, me había entregado en cuerpo y alma, me había abierto y te había dado hasta rincones de mi ser que no sabía que existían.
Te lo di todo y tu no me diste nada. No te odié, me odié
a mi misma por ser débil y me autocastigué. Empecé a mantenerme ocupada y
evitar a cualquier coste pensar en tí. Me convencí de que obviar el tema lo
llevaría al olvido.
Y tras muchas noches frías pensando en las estrellas que un día vimos
juntos, tras muchas birras con ellas, tras dos largos meses, llegó la tercera
fase. Cuando yo desistí y tú dejaste de contestar. La fase de paz. Cuando pensar en ti
ya no me retorcía las entrañas ni me provocaba un horrible dolor estomacal,
cuando hablar de ti ya no suponía una noche en blanco. Cuando dejé de culpar a
nadie; ni a ti, ni a mi misma, ni a la distancia, y aprendí a sacar algo bueno
del dolor, porque siempre puedes sacar algo del dolor. Entendí que buscaba
afecto y me conformé con sexo. Entendí que tú me quisiste a tu manera igual que
yo te quise a la mía. Entendí que sentir no me hacía débil. Que no había motivo
por el que sentirse humillada. Entendí que todos sentimos y a veces de formas
distintas, y no hay nada que podamos hacer al respecto.
Aprendí que solo porque te miren a los ojos y te susurren palabras de amor
en una noche de verano no significa que te quieran, pero que aun así no
deberías dejar de creértelas.
Y nunca, en ninguna de las fases, me arrepentí de nada.