Hay días que te levantas con ganas de no salir de la cama, o de meterte en otra a ahorcarte entre caricias y abrazos. Hoy es uno de esos días.
Lo malo de querer a alguien con tanta fuerza es que al irse te crea miedos y inseguridades que no te quitaría ni el ácido más corrosivo que se pueda crear. Deja un vacío que al parecer ninguna otra persona será capaz de llenar. Y le echo de menos joder. Le echo de menos más de lo que nadie podría llegar a imaginarse jamás porque no saben lo duro que es vivir con esto dentro, esta explosión de fuegos contenidos que se empeña en salir a la luz. Que no, que hoy tampoco toca besar su boca.
Lo que no puedo entender es como a pesar de todo puedo seguir. Me levanto, caigo. Sonrío, caigo. Avanzo, caigo. Que mareo este vaivén que no cesa. Y ojalá alguien pudiese rescatarme. Como ese caballo blanco de Santiago del que tanto hablan las abuelas.
De pequeña me enseñaron a creer en las cosas grandes. En el amor a lo bestia y a contracorriente. Los príncipes enamorados al instante y los besos curativos. Estúpido y sensual Disney, que adictivos suenan ahora esos cuentos de princesas destinadas a ser rescatadas. Deseaba ser una de ellas, vivir todas esas historias con final feliz. Hoy me doy cuenta de que las cosas grandes van a menos, y lo que valen son las miradas residentes en los espejos de los bares. Los paquetes de tabaco a medias. Los whats app de madrugada. Los "te echo de menos pelirroja". Y la risa que se le escapaba por debajo de la nariz cada vez que mi pelo se interponía en uno de nuestros besos. "Me encanta besarte el pelo" decía, y reía deseando que me rapara al cero solo para no tener que parar de besar.
Las pequeñas cosas nos atrapan, nos envuelven y no nos damos cuenta de ello. Un día sueñas con su mirada de pájaro y ya estas perdida. Que difícil se vuelve todo siempre, chica. No sé de dónde vienen estas ganas de explotar en mil pedazos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario