¿Qué voy a estar haciendo en esta misma fecha dentro de 10 años?
Pienso, pienso y sigo pensando, y no tengo ni idea de dónde voy a estar en Agosto de 2023.
¿Existirán los coches voladores? ¿Unas gafas que proyecten a un profesor virtual y que te enseñen sin que tengas que levantarte de la cama? ¿Seremos más estúpidos, o más inteligentes? ¿Qué aspecto tendré?
¿Habré viajado a la India o a Japón? ¿Tendré algún hijo? ¿Y pareja?
Una de las carencias que se pueden observar en las inquietudes anteriores es el trabajo. No necesito saber de qué trabajaré en un futuro, ya que mientras pueda comer y dormir en algún sitio y pueda disfrutar la vida al máximo, el trabajo, mi salario o las dimensiones de mi hogar me importan tres pepinos y medio.
Pero hay algo que realmente me preocupa de verdad... ¿Seré feliz? ¿Seré capaz de disfrutar de esos pequeños momentos que me brindará la vida? No quiero estar amargada ni estresada pensando que los mejores años de mi vida se han esfumado y los he desaprovechado completamente.
Dicen que la buena vida empieza en los primeros años de universidad... Pero yo aún no he elegido ese camino. ¿Significa que esta experiencia de al vida va a condicionar el que sea feliz o no?
Ahora mismo, lo único que me llena son los libros (su olor, esa textura, volver a releer palabras ya previamente leídas, los recuerdos y las sensaciones que te transmiten...). Fotografías que me sacan una sonrisa. La compañía de mi hermana, de su novio y mi amigo, y de su madre. Mis dos mejores amigas.
Y se acabó. La lista es corta. No creo que sea necesario ampliarla, porque de momento me basta. Esto es más que suficiente. Pero... ¿Y dentro de unos años? Me aterra pensar que seré un fracaso o un despojo humano. Un ser más que si desapareciera le haría un favor a al sociedad. Me aterroriza imaginar que no voy a tener ideas propias, o que estas supongan una forma de rebeldía demasiado radical. Me asusta que aquellas personas que significan tanto para mí se alejen y desaparezcan de mi vida como si nunca hubieran estado allí, como si no hubieran existido jamás...
Esto es lo que tenía pensado publicar. Pero entre hora y hora... Las cosas han cambiado.
Os contaré un poco mi historia, pero la intención no es centrarse en mí. Es centrarse en una personita que estuvo muy presente en mi vida cuando desde que nací hasta que cumplí los cuatro años.
Su nombre es Mireia. Nos llevamos 1 día exacto (yo nací el 30 de marzo de 1995 y ella el 31 de marzo de 1995). Crecimos juntas en una pequeña guardería de pueblo, y formábamos un pequeño grupo de aventuras inseparable junto con Arnau (del 29 de marzo) y Paula (del 2 de abril). A parte de nuestra relación infantil, nuestros padres habían encontrado un grupo con el que relacionarse, y la amistad pasó de pequeños a grandes.
Al cumplir los tres años, me sacaron de esa guardería, supongo que buscando la mejor opción para mí, y no tuve demasiados problemas para adaptarme.
Estos tres amigos que había hecho de pequeña, desaparecieron como dos peces de hielo en un wiskey on the rocks (como bien describió Sabina los momentos efímeros). Pasaron los años, y hasta que no cumplí los trece, no volví a recordar sus cares, ni me pregunté qué habría sido de sus vidas, o cómo les irían las cosas. Simplemente eran recuerdos de infancia, escondidos en recónditos lugares de mi mente, temerosos de salir a la luz del sol. Pero todo cambió el día en que me dijeron que Mireia tenía cáncer. Mireia tenía cáncer. ¿Cáncer? ¡Cáncer! ¡Por el amor de Dios! Solamente teníamos trece años, un cáncer debería ser la última de nuestras preocupaciones. Mi madre me contó que había empezado como un dolor de pierna sin importancia... Y que al final, lo que pensaban que era una lesión del básquet o un virus persistente, resultó ser un osteosarcoma en la pierna derecha.
Mireia no aceptaba visitas, no quería que nadie la viera sin pelo, en los huesos, con amargura al ver a pena de los demás. Y era mucho más que comprensible. Me dediqué a escribirle una carta diaria durante tres meses, pero nunca las envié. ¿Qué derecho tenía yo de reaparecer en su vida? ¿Se lo tomaría como que era el cáncer el que movía mis intenciones lastimeras hacia ella?
No quería molestar, pero al mismo tiempo preguntaba a Paula cómo iban las sesiones de quimio, cómo se sentía Mireia, si la podría visitar algún día...
Pero el tiempo volvió a pasar. La constancia nunca ha sido una de mis mejores virtudes, y al final el olvido lo tapó todo como un manto negro, sin opción de retirarse. Y la ví. Por esa época, yo bailaba con Paula en una academia en el pueblo, y vino a vernos actuar. Fue verla, abrazarla y ponerme a llorar; lloraba por mi estúpida inseguridad, por esos veranos que nos veíamos un par de semanas y los pasábamos en la playa de Palafurgell, por todas y cada una de esas fotografías que conservaba en mi cuarto de todas las aventuras que vivimos juntas. Y también lloraba porque finalmente podía abrazarla y decirle sin temor alguno "Estoy aquí. Ya ha pasado todo."
Ella no sabe lo mucho que me afectó su enfermedad. Creo que fui un "daño colateral del cáncer". No solamente sufre el portador de la enfermedad. Sufre su familia, sus seres queridos en general. Y el hecho de ver a tus seres queridos pasarlo mal debe de ser la visión más devastadora que pueda haber jamás.
No sabes lo mucho que ha significado para mí, Mire, que te hayas decidido a escribir un libro. No sabes lo valiente y fuerte que eres en realidad por volver a revivir todo lo que ha supuesto esta historia. Te ha hecho ser quien eres, y la verdad es que eres GENIAL. Ya solo con el prólogo he soltado más de diez lágrimas contenidas...
Si queréis leer el libro, entrad en http://unavidaunrelat2013.com/ . Está en Catalán, la nostra llengua materna.
T'estimo petita, encara que ens haguem distanciat.
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