Siempre he pensado que siento demasiado. Las cosas me afectan e importan en un grado más elevado de lo normal, y lo único que eso me produce es dolor.
Hay días que me siento querida y comprendida y me duermo con una sonrisa en la cara.
Hay días que alguien no me ha dicho aquella palabra que ansiaba escuchar, que alguien me ha dejado colgada, que alguien se ha mostrado más frío conmigo que normalmente, y me voy a la cama deseando darme cabezazos contra la pared hasta que el dolor físico me impidiera sentir nada.
El 90% del tiempo desearía poder dejar de sentir. Dejar de preocuparme por la gente. Me odio a mi misma por ser tan sensible, tan débil, tan fácilmente herible.
Pero una vez, alguien sabio me dijo:
"Cariño, es el día en que dejen de importarte las cosas el día que tendrás que preocuparte."
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