jueves, 19 de septiembre de 2013

La primera mañana de verano que crucé un semáforo en rojo

Inerte, parada. Como un vegetal, una persona en estado vegetal. Las imagines, la vida, pasan por delante de mis ojos cual tren sin pasajeros. Vivo en una burbuja de murmullos persistentes sobre problemas ajenos, y esos murmullos pasan a ser mis propios problemas. Que maldito asco esto de crecer sin nada que te complete. 

Pasé de vivir a sobrevivir la primera mañana de verano que crucé un semáforo en rojo sin importarme. Sin importarme si venia algún coche con ansias de aplastar palomas y asfalto mugriento. Mi cerebro ha creado un universo paralelo que tiene la misma pinta que este, solo que en el mío ya no hay luces verdes por ninguna parte. Solo carteles luminosos de alerta que intentan advertir del pozo en el que te estas metiendo, pero pasan muy desapercibidos.

Que no te mientan, todos venimos con un error de fábrica que dice que necesitamos que nos complemente alguien, que la vida no está echa para vivir por unidades. Que si yo me caigo tu me levantas y a la inversa ¿os suena? Pero los "viva la vida" te hacen creer que ese error de fábrica es reparable y que una persona humana puede vivir (y ya no digo simplemente sobrevivir) sin que otra le de una palmadita en la espalda en señal de que todo va bien, puedes vivir sin las fotos en los fotomatones haciéndole cosquillas y sin los desayunos de super después de deshacer la cama. Malditos ingenuos, que listos se creen y que poco saben lo que quiere decir la palabra enamorarse. 

Si bien es cierto que de todo se sale, que toda herida cicatriza y que todo hielo de cubata se deshace, también es cierto que se vuelve a caer, que te vuelven a herir y que hay más hielos que cubatas en este mundo. 

De cierto modo me siento como el vodka malo del Mercadona de cuatro euros, ya que me habláis de cubatas. Un envoltorio bonito y sobretodo barato que a la mañana siguiente te provoca tal resaca que deseas no volver a probarlo nunca jamás.


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