Me he enamorado de un físico.
Y no te estoy hablando del físico de un hombre, no; te hablo de un chico, estudiante de física en la universidad.
Nadie te avisa ni te prepara para el amor, oh no. Nadie te dice qué te vas a encontrar, cómo va a ser, si será correspondido, fácil, tierno, sencillo, dramático o soso. Nadie te avisa de que esas costumbres tan excéntricas que en un primer momento hasta te resultaban graciosas, van a hacer que quieras tirarte de los pelos como las vuelva a poner en práctica.
Y es que, te cuento. Nadie me dijo que sus amigos jugarían a cartas cómo en The Big Bang Theory (¿me he enamorado de Sheldon Cooper?), que iríamos al cine un viernes por la noche, a la última sesión, para ver el estreno de la última y final obra maestra de Hayao Miyazaki, y que estaríamos solos en la sala. Nadie me advirtió que acabaría prefiriendo quedarme en casa viendo El Hobbit o El señor de los anillos o La guerra de las galaxias hasta las tantas de la madrugada, a salir a dar una vuelta.
Nadie me contó que los físicos solo se enamoran una sola vez en toda su vida, sin contar con la Física y la Ciencia; que lo dan todo, se queman, se dejan el alma, y ya son incapaces de volver a encender la llama otra vez. Nadie me contó que sería tan complicado explicarle lo que es el amor a una persona que se supone que es mayor que yo, porque no lo sabe reconocer por él mismo.
Nadie contestó a mis preguntas en su momento, ni tampoco hay nadie ahora que me las conteste; he aprendido a buscar las respuestas yo solita.
Pero... ¿Sabes qué? Estar enamorada de un físico también implica tener en tu biblioteca multimedia del móvil tropecientas mil notas de voz del Whatsapp con tonterías y cancioncitas varias. Implica que se te aparezca desnudo en el salón y se ponga a bailar y a cantar una canción de Winnie de Pooh porque le marcó muchísimo. Implica mirarlo de reojo en el cine, ver cómo se emociona y en sus ojos achinados por su gran sonrisa se forman pequeños surcos que te demuestran que ese niño que pareces ver, en realidad es más mayor de lo que parece. Implica escuchar fórmulas raras veinticuatro horas al día, y curiosidades sobre decanos de universidad que tienen la asignatura más difícil del mundo (aunque para ti, física estadística y mecánica cuántica te suenen a chino). Implica ver cómo alardea de sus calificaciones, pero también implica aguantarlo cuándo saca un 9 y se siente frustrado, y te cuenta qué es lo que ha hecho mal en el examen, y el por qué, mientras estáis buscando una colección de camisetas de superhéroes en el Primark de Diagonal.
Implica saber que los de Física aplicada son pelacables, y que los de Biología no estudian una verdadera ciencia. Implica sentirte conmocionada ante tanto conocimiento, y abrumada cuando vas por la calle y suelta su opinión sin importarle lo que digan los demás.
Es una enseñanza constante. Cada día aprenderás algo nuevo. Sobre él. Sobre los demás. Sobre el mundo en general y el cosmos. Sabrás cómo convivir con un ego gigantesco, y a veces querrás tirar la toalla, oh sí. Pero vale la pena, te lo aseguro.
Todos y cada uno de los quebraderos de cabeza. Y que vengan muchos más, desearás.
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