¿En qué momento intercambiamos los papeles con el mundo?
¿En qué momento, esos pequeños surcos alrededor de tus ojos al reír, se convirtieron en el paisaje más bonito que jamás haya admirado?
Yo siempre había sido la mustia, la taciturna, la negativa ante la vida, el no a las preguntas que merecían un gran y resplandeciente SÍ. Pero llegaste tú, y le diste la vuelta a todo.
Implantaste dentro de mí una necesidad casi adictiva en hacerte ver la parte positiva del mundo. Creaste una especie de obsesión en hacerte sonreír ante la vida. Y te lo agradezco tanto...
Adoro esos pequeños momentos, en que simplemente me acaricias la cara mientras la descanso en tu regazo, la manera en que tu boca se ensancha cuando alzo la vista hacia ti, sonriente, cómplice de nuestros secretos. Cuando me instas a confiar en ti, y luego te sorprendes de mi fe ciega ante tus actos y tus promesas. Tu manera de pensar que soy demasiado buena para ti, que de dónde he salido, y tu cara de estupefacción cuando te aseguro que no espero nada a cambio.
Me gusta mirarte a los ojos, sin decir nada, y a la vez, decírtelo todo.
Esos detalles espontáneos que tenemos sin ser nada, y que, si lo fuéramos, se convertirían en rutina y nos marchitarían, sacándonos la vida y la ilusión lentamente...
Prefiero, sin lugar a dudas, perderme entre tus brazos un instante, que dure para siempre, a ahogarme sola en el vacío, en medio de la oscuridad, rodeada de lágrimas y pensamientos, y rescatarte a ti de los tuyos, porque pensar en ti, es la mejor medicina, supongo.
Gracias por revolver mi vida en un caos maravilloso.
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